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Ummana comedia

  • Foto del escritor: Patricia Meléndez
    Patricia Meléndez
  • 13 may
  • 1 Min. de lectura

Si tan solo tuviéramos una certeza, una salida concreta, despedidas sin destrucción ni decadencia. Si la vida tuviese un destino distinto a los huesos, la rigidez o las cenizas.


Si el horror no llegara. Si la flor quedara estática en la memoria con todo y su fresco aroma. Si la sonrisa permaneciera dibujada en ese arco de aliento a vida, si no se volviese hueco sombrío en ruinas.


Si un día simplemente partiéramos, sabiendo que no hay ni sufrimiento ni pedazos de vida arrancados. 


Pero no.


La imagen nítida del final aguarda paciente. Cuerpos frágiles que tropiezan, que caen, que van perdiendo fuerzas, envueltos en mantas de nieve. Signos de que vamos dejando de estar; como ese extraño brillo opaco de la mirada o la lucha agobiante contra la gravedad, los sentidos que se apagan de a poco, el cansancio.

El dolor.


Si tan solo pudiésemos hacer las maletas antes de perder las fuerzas, caminar un último trecho mirando con la cabeza en alto a quienes amamos, a quienes nos aman, una despedida digna.


Pero no.


El precio de la vida es la condena de presenciar su decadencia, su destrucción. Y quedarnos tan solo con la ilusión y la memoria de su huella en nuestro mundo hasta que el tiempo vaya borrando sus indicios; hasta que seamos cada uno testigos incrédulos de nuestro destino final. 

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