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El cuerpo del rendimiento

  • Foto del escritor: Patricia Meléndez
    Patricia Meléndez
  • 15 abr
  • 2 Min. de lectura

Si el mérito organiza una promesa, el rendimiento organiza una forma de vida. Ya no se trata únicamente de lo que se logra, sino de la disponibilidad constante para sostener lo que se exige. En ese desplazamiento, el cuerpo deja de ser soporte para convertirse en recurso.


Hay una transformación silenciosa en la manera en que se habita el tiempo del trabajo. La exigencia no siempre se presenta como exceso evidente, sino como continuidad: una forma de estar siempre en disposición, incluso cuando la actividad ha cesado. Algo del cuerpo permanece tomado, como si la pausa no fuera del todo pausa.


En ese contexto aparece un tipo de cansancio particular. No es el cansancio que se resuelve con descanso, ni el que se alivia con la interrupción de la tarea. Es un cansancio que persiste en la inercia, que se desplaza con el sujeto incluso cuando la actividad se detiene. El cuerpo queda como en suspenso, sin terminar de recuperar una distancia respecto de lo que hizo.


Este desgaste no siempre se nombra. A veces se confunde con falta de energía, con desánimo, con dificultad para iniciar actividades. Pero en el fondo no se trata solo de energía disponible, sino de una forma de haber sido sostenido por la exigencia durante demasiado tiempo sin interrupción real. El cuerpo aprende a responder antes de que haya demanda explícita.


En esa lógica, el rendimiento no es únicamente una medida externa, sino una organización interna del ritmo. Se vuelve difícil distinguir entre lo que se quiere hacer y lo que se siente que debe hacerse. El cuerpo responde incluso cuando no hay orden explícita, como si la exigencia hubiera dejado de necesitar presencia para seguir operando.


Hay un punto en el que la fatiga deja de ser señal de esfuerzo y se vuelve forma de continuidad. El descanso, entonces, no necesariamente interrumpe esa lógica. Puede haber reposo sin desconexión, pausa sin desactivación. El cuerpo descansa, pero no termina de salir de la escena del rendimiento.


En ese borde aparece algo más complejo: la dificultad para localizar un deseo propio. No porque no exista, sino porque queda parcialmente cubierto por la inercia de responder. Si el rendimiento organiza el tiempo, el deseo no desaparece, pero pierde nitidez, como si quedara siempre un paso detrás de la demanda.


Interrogar ese punto no implica oponer deseo a trabajo, ni descanso a productividad. Más bien abre una pregunta distinta: ¿qué queda del cuerpo cuando deja de ser principalmente un instrumento de respuesta? Qué forma toma la experiencia cuando ya no está enteramente orientada a sostener una expectativa externa.


Tal vez ahí no haya una resolución inmediata, pero sí un desplazamiento posible: empezar a distinguir entre el cansancio que indica un límite y el que se vuelve estructura. Y en esa distinción, quizás, abrir un espacio donde el cuerpo no esté únicamente al servicio de la continuidad del rendimiento.

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