La ilusión del mérito en tiempos de desgaste y kakistocracia
- Patricia Meléndez
- 15 abr
- 3 Min. de lectura

El mérito solía funcionar como una promesa: hacer bien las cosas, sostener una responsabilidad, responder a lo que se pide, tendría alguna consecuencia. No necesariamente inmediata, pero sí, al menos, acumulativa. Algo de eso parecía garantizar que el esfuerzo no se perdía del todo.
Hoy esa promesa se vuelve incierta. No porque el mérito haya desaparecido, las evaluaciones, los indicadores, las exigencias siguen ahí; sino porque ha dejado de asegurar un lugar. Se puede cumplir, incluso de forma sostenida, sin que eso produzca inscripción alguna.
Hay algo particularmente inquietante en esa disociación: el mérito se mide, se documenta, se archiva, pero no necesariamente se traduce en reconocimiento. Permanece como registro, pero no como consecuencia. Como si el cumplimiento bastara para sostener el funcionamiento, pero no para garantizar una posición en él.
Al mismo tiempo, no es difícil advertir que el acceso y la permanencia en ciertos lugares no responden a esa lógica. La cercanía, la recomendación o la camaradería operan como vías eficaces allí donde el mérito se vuelve insuficiente. No se trata de una anomalía aislada, sino de una coexistencia estructural: se exige bajo la lógica del mérito, pero se decide muchas veces por fuera de ella.
La consecuencia no es solo una desigualdad evidente, sino una torsión subjetiva más compleja. El sujeto queda capturado entre dos registros incompatibles: por un lado, la exigencia de responder, de sostener, de rendir; por otro, la constatación de que ese esfuerzo no ordena necesariamente su destino. La frustración que emerge ahí no es banal. No se trata únicamente de no haber “logrado algo”, sino de una fisura en la relación entre lo que se hace y lo que retorna de ello.
Ese desajuste produce un desgaste particular. No es solo cansancio físico ni saturación de tareas. Es un cansancio más hondo, que no se resuelve descansando porque no proviene únicamente del esfuerzo realizado, sino de la expectativa que lo sostenía. Se puede parar, tomar distancia, incluso dejar de hacer, y aun así algo del agotamiento permanece. Como si lo que se hubiera gastado no fuera solo energía, sino la confianza en que eso tendría algún destino.
Sostener durante años una función, asumir responsabilidades reales, implicarse en el trabajo, para encontrarse finalmente con un corte que no reconoce nada de eso, deja un resto que no se tramita fácilmente. Algo queda sin simbolizar.
Es frecuente que, en ese punto, la frustración derive en dos salidas igualmente problemáticas: o bien una intensificación del esfuerzo, como si todavía fuera posible hacer coincidir mérito y consecuencia, o bien una retirada cínica, donde todo esfuerzo pierde valor. En ambos casos, el sujeto sigue tomado por la lógica que lo produjo, ya sea intentando sostenerla o rechazándola.
Quizá el punto clínico más interesante no esté en elegir entre esas salidas, sino en interrogar la insistencia misma. ¿Qué sostiene la apuesta por el mérito cuando su eficacia es incierta? ¿Qué se busca ahí, más allá del reconocimiento institucional? Porque no todo en ese esfuerzo se reduce a una ilusión externa; hay también algo que empuja, que insiste, incluso cuando no hay garantías.
El problema es que, cuando el reconocimiento no llega, ese empuje queda fácilmente atrapado en la espera de que otro lo valide. Desprenderse de esa espera no implica negar la injusticia, sino introducir un giro: dejar de hacer depender el propio hacer de que alguien más lo confirme.
Esto no resuelve la precariedad ni corrige la desigualdad. Pero abre otra vía, menos evidente: la de sostener un hacer que no esté completamente subordinado a la respuesta del otro. No porque el reconocimiento deje de importar, sino porque ya no ocupa todo el lugar.
Tal vez ahí pueda producirse un pequeño desplazamiento: no dejar de querer ser reconocido, pero tampoco quedar a la espera de que eso ocurra para que lo que se hace tenga valor. Un modo, quizás, de recuperar algo propio allí donde parecía haber quedado enteramente en manos de otros.





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